¿Y qué quieres que te diga? ¿Y qué quieres que te cuente?
¿Te cuento, por ejemplo, que te veo en cada cabello pelirrojo?
¿Te cuento que me distraigo pensando en ti mientras ando por la calle
y acabo en lugares nuevos e inesperados?
Podría contarte que he hablado más con la luna sobre ti
que contigo sobre la luna.
Que me divide el querer tenerte aquí, feliz,
y el querer que las cosas te salgan bien allí.
Que, cada día más, busco calor y no lo encuentro.
También podría callarme. No contarte nada, no decirte nada.
Sería más fácil. Menos honesto, igual de doloroso, pero más fácil.
Poco a poco todo se apagaría, hasta que de esta brillante luz
sólo quede un triste fuego fatuo que se niegue a extinguirse.
Tu felicidad es la guía maestra que mueve mi intención,
escribiendo inseguro en renglones torcidos
y sin buscar premio más allá de una sonrisa.
Cada lágrima que derramas rueda también por mi mejilla,
humedece mis labios y muere en mi lengua.
Deber, querer, poder, sentir, pensar y actuar. Todo revuelto
en una maraña de la que no se atisba salida.
Caminaremos por el camino que la vida nos ponga bajo los pies,
y nos cogeremos de la mano si se pone oscuro, corrigiendo
esa errata vital que me hizo escribir tantas veces yo
cuando quería escribir nosotros.
Seré la red que no deja que te caigas
si resbalas. Así que arriésgate.
Salta.
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