Siempre que te miro a los ojos
me pierdo.
Debe ser en ese laberinto que tatúa
la pupila en tu iris
y que me deja dando vueltas
sin encontrar la salida.
Hasta que me susurra la memoria un atajo,
el sendero invisible por la vereda de sus muros
y despego mi mirada de la tuya.
Pero sólo es cuestión de tiempo
hasta que otra vez
me atan tus labios,
me atrapa tu ombligo,
o me extravío en el lenguaje delicado
de tus manos.
Y, de nuevo, el ronroneo de recuerdos
que arranca de mi mente
tus caderas.
Hubo una vez. Y no habrá otra. No, no...
No. No habrá otra. Pero, espera, que me llama tu lengua...